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Print: Carro de frutas

$360,000

Inspirada en una escena cotidiana de Bogotá, esta obra de Laura Castro Romero retrata una camioneta convertida en puesto de frutas ambulante. Hace parte de la serie “¿Quiénes somos? Retrato social”, donde la artista invita a reflexionar sobre la desigualdad, la informalidad y las realidades que muchas veces normalizamos en el paisaje urbano colombiano.

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Categoría: Product ID: 47660

Descripción

Esta obra está inspirada en una fotografía que tomé en la plaza de Usaquén, pero que se podría encontrar en cualquier calle de Bogotá: una camioneta convertida en un puesto para vender frutas. Hace parte de una serie llamada “¿Quiénes somos? Retrato social” que para mí significó un intento por confrontarnos con nuestra realidad social y generar cuestionamientos sobre aquellas circunstancias y comportamientos en los que nos hemos alejado de nuestro lado más humano y hemos empezado a concebir la miseria, la injusticia y la violencia (en sus diferentes formas) como algo inevitable. Detrás de esta imagen llamativa, existe todo un contexto social, donde hay falta de educación, de oportunidades y mucha desigualdad, y que lleva a muchas personas a tener puestos ambulantes como este, como único medio de subsistencia.
Laura Castro Romero

Laura Castro Romero: Sobre mi historia como artista

Nací en Bogotá en 1993 y me gradué en Arte de la Universidad de los Andes en 2016, aunque pinto desde que tengo memoria. Siempre me ha fascinado crear, aprender y explorar ·ya sea nuevas técnicas artísticas o temas que atraviesan la vida y el ser humano: ciencia, historia, naturaleza, espiritualidad, política, psicología, nutrición.

Uno de los temas que más ha marcado mi camino es la injusticia: primero como una inquietud externa, por crecer en un país profundamente desigual como Colombia, y luego como una búsqueda interna. Por años me relacioné con el mundo desde una sensación de víctima, donde todo “me pasaba”: el sistema, la economía, el clima, las personas. Vivir desde ese lugar es sentirse sin poder ni responsabilidad. Y cuando uno se percibe así, cree que el resto del mundo también lo está: atrapado, sin salida.

Desde ahí empecé a mirar mi entorno con otros ojos. Pensaba: si yo me sentía así, habiendo tenido todos los privilegios, ¿cómo vivían las personas que enfrentaban condiciones aún más difíciles? Comencé a observar las calles de mi país con una mezcla de dolor, empatía y deseo de comprender. Pinté fachadas de barrios populares como Bosa o Ciudad Bolívar, carrozas de reciclaje, perros callejeros, vendedores ambulantes, escenas cotidianas que suelen volverse invisibles por lo normalizadas que están. Las fachadas, en especial, se volvieron una metáfora visual: por fuera coloridas, por dentro agrietadas. Como nuestra sociedad.

Sin embargo, lo que nunca imaginé fue el proceso interno que esto despertaría en mí. Poco a poco, esas escenas que antes me generaban tristeza, empezaron a revelarme otra cosa: el poder de agencia. Empecé a ver belleza en la resiliencia, en la capacidad de tantas personas de crear su propia realidad, más allá de las circunstancias. Vi dignidad en cada gesto, inspiración en cada puesto de tinto, de frutas, de flores, en cada artista callejero.

Hoy entiendo que, aunque no puedo controlar lo que ocurre afuera, sí puedo elegir desde dónde mirar, cómo vivir, en qué enfocar mi atención. Nadie puede salvar el mundo entero, pero sí podemos convertirnos en el tipo de personas que lo hacen un poco mejor. Mi arte ya no busca solo señalar lo que está mal, sino también despertar preguntas, sembrar conciencia y celebrar esa fuerza interna que, incluso en los lugares más duros, siempre encuentra una forma de florecer.

Información adicional

Dimensiones

Mediano: 28cm x 36cm

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